El eterno marido
El eterno marido Transcurrieron tres o cuatro minutos. Se oÃan cuchicheos en el otro cuarto, en voz muy queda. Luego, la voz de la niña. «Estará suplicando que la dejen en paz», pensó Veltchaninov. Al fin aparecieron los dos.
—Está toda cortada —dijo Pavel Pavlovich—; ¡es tan tÃmida, tan modosita! ¡Todo el retrato de la difunta!
Liza entró, con los ojos ya secos y sin alzarlos del suelo. Su padre la traÃa cogida de la mano. Era una muchachita esbelta, bien formada y muy bonita.
Al entrar levantó los ojos, muy grandes y muy azules, hacia el extraño, con curiosidad y le miró atentamente. Luego, casi en seguida, los bajó de nuevo. HabÃa en su mirada esa gravedad que tienen los niños cuando, a solas con un desconocido, se refugian en un rincón, desde el que observan, con desconfianza, al hombre que nunca han visto. Pero quizá también habÃa en aquella mirada algo más que este sentimiento infantil; por lo menos, tal le pareció a Veltchaninov.
El padre la trajo de la mano hasta él.
—Mira, aquà tienes a un señor que conoció a mamá, y nos querÃa mucho. No hay que tenerle miedo; anda, dale la mano.
La niña hizo una pequeña inclinación y tendió tÃmidamente la mano.