El eterno marido

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—Natalia Vasilievna no quería que saludara haciendo una reverencia, y la enseñó a saludar así, a la inglesa, inclinándose ligeramente y dando la mano —explicó Pavel Pavlovich a Veltchaninov, mirándole fijamente.

Veltchaninov se daba cuenta de que le observaban; pero no trató siquiera de disimular su turbación. Continuó sentado, inmóvil, con la mano de Liza en la suya contemplando atentamente a la niña. Pero Liza estaba abstraída, sin quitar ojo a su padre, escuchando con aire de temor cuanto decía, y olvidando su manecita en la mano del extraño.

Inmediatamente reconoció Veltchaninov aquellos grandes ojos azules; pero lo que más le maravillaba era la asombrosa y delicadísima blancura de su tez y el color del pelo, indicios que no podían engañarle. El corte de cara y la forma de la boca recordaban, en cambio, claramente, a Natalia Vasilievna…

Mientras tanto Pavel Pavlovich había empezado a contar una historia con mucho entusiasmo y sentimiento; pero Veltchaninov no le escuchaba. Apenas si oyó la última frase:



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