El eterno marido

El eterno marido

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—… Así, no puede usted figurarse, Aléksieyi Ivanovich, nuestra alegría cuando el Señor nos hizo este presente. Desde el día en que nació, lo ha sido todo para mí. ¡Cuántas veces me he dicho que, si Dios me privaba de la felicidad, Liza, por lo menos, me quedaría!

—¿Y Natalia Vasilievna?… —interrogó Veltchaninov.

—¿Natalia Vasilievna? —repuso, haciendo una mueca, Pavel Pavlovich. ¡Ya sabe usted cómo era! Poca amiga de palabras. Solamente en su lecho de muerte… ¡Pero entonces lo dijo todo! Sí; el día de su muerte se puso muy nerviosa, se enfadó, gritó que querían asesinarla con todas aquellas medicinas, que lo que tenía no era más que una fiebre, que nuestros dos médicos no entendían una jota, que Koch (aquel médico militar viejo, ¿recuerda usted?) la pondría en pie en cuestión de quince días, y ¡qué sé yo las cosas…! Todavía cinco horas antes de morir se acordaba de que pasadas dos semanas habría que ir a felicitar a su tía, la madrina de Liza, por el día de su santo.

Veltchaninov se levantó bruscamente, sin soltar la mano de Liza. En aquella mirada que la niña tenía fija en su padre le parecía ver una especie de reproche.

—Diga usted, ¿no estará enferma? —preguntó, con una expresión extraña.


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