El eterno marido
El eterno marido —¿Enferma? No creo; pero… el estado de nuestros asuntos… —murmuró Pavel Pavlovich amargamente—. Además, es bastante rara, muy nerviosa… Cuando la muerte de su pobre madre estuvo quince dÃas en cama… Nada, un poco de histerismo… En el momento que usted llegó le habÃa dado por llorar… ¿Oyes, Liza, oyes…? ¿Que por qué lloraba?, dirá usted. Pues siempre por la misma causa: que si salgo, que si la dejo sola, que si ya no la quiero como cuando vivÃa su madre… En fin, ideas absurdas que se le meten en la cabeza, cuando no deberÃa pensar más que en sus juguetes… Verdad que aquà no tiene a nadie con quien jugar.
—¿De modo que, entonces, viven ustedes completamente solos?
—Completamente… Una mujer viene a hacer la limpieza todos los dÃas.
—Y cuando usted sale, ¿la deja sola?