El eterno marido

El eterno marido

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—¿Qué quiere usted que haga? Mire usted, ayer, al salir, la dejé encerrada con llave en ese cuarto, y a eso se debe que hayamos tenido hoy tantas lágrimas. Pero, vamos a ver: ¿qué otra cosa podía yo hacer? Usted mismo juzgará: hace dos días bajó, en mi ausencia, al patio, y un pilluelo de la vecindad le tiró una piedra a la cabeza. Y, entonces, venga llorar y preguntar a todo el mundo que dónde estaba yo. ¡Muy agradable…! ¡Y yo que me voy por una hora, y vuelvo a la mañana siguiente, como hoy…! ¡Y la dueña de la casa, que tiene que mandar a buscar a un cerrajero para que la abran! ¿No encuentra usted ahora que es una vergüenza? No parece sino que soy un monstruo. Sí, a veces llego a creérmelo. ¡Y todo, por haber perdido la cabeza…!

—¡Papá! —exclamó la niña con voz medrosa e inquieta.

—¿Bien, otra vez? ¿Vuelta a empezar? ¿Qué es lo que te dije antes?

—¡No lo volveré a hacer, no lo volveré a hacer! —gritó Liza aterrorizada, retorciéndose las manos.

—No es posible que continúen ustedes viviendo así —intervino bruscamente Veltchaninov, con voz fuerte—. Vamos a ver, usted tiene medios; ¿cómo se le ha ocurrido venir a parar a un tabuco semejante?


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