El eterno marido

El eterno marido

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—¿Un tabuco? ¡Pero si dentro de ocho días quizás no estemos ya aquí! Aun así, gastamos mucho, y por medios que se tengan…

—Bueno, bueno —interrumpió Veltchaninov con creciente impaciencia y dando a entender: «Es inútil; sé de antemano todo lo que vas a decirme, y el valor de todo ello»—. Escuche usted, voy a hacerle una proposición: Acaba usted de decirme que piensa irse dentro de ocho días. Pongamos quince. Pues bien; conozco aquí una familia de toda confianza, cuya casa es como si fuera mía: los Pogoreltsev. Sí, Alejandro Pavlovich Pogoreltsev, el consejero íntimo. Por cierto que, acaso, le pueda ser útil a usted en su asunto. En este momento se encuentran en el campo, instalados en una casa muy confortable. Claudia Petrovna Pogoreltsev es para mí como una hermana, como una madre. Tiene ocho hijos. Pues bien; a lo que iba: déjeme usted que le lleve a Liza. Yo mismo la llevaré, para no perder tiempo. Allí la acogerán con alegría, y la tratarán todo el tiempo que esté lo mismo que a una hija.

Una extraordinaria impaciencia, que ni siquiera trataba de disimular, se había apoderado de él.

—¡Imposible! —exclamó Pavel Pavlovich haciendo una mueca, en la que Veltchaninov creyó ver cierta malicia, y mirando a éste bien en los ojos.

—¿Por qué imposible?


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