El Gran Inquisidor

El Gran Inquisidor

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Calló, y en toda aquella noche ya no volvió a hablar palabra. Por aquel tiempo buscaba siempre ocasión de hablar conmigo, aunque, debido al respeto que yo, sin saber por qué, le inspiraba…, nunca se atrevía a interpelarme el primero. En cambio, se ponía muy contento cuando yo le dirigía la palabra. Yo le hacía preguntas acerca del Cáucaso y de su vida anterior. Sus hermanos no le prohibían hablar conmigo, más bien lo veían con gusto. También al ver el creciente cariño que yo sentía por Alei, empezaron a mostrarse más atentos conmigo.

Alei me ayudaba en el trabajo, me prestaba cuantos servicios podía en las cuadras, y a las claras se veía que hubiera celebrado mucho poder suavizar mi suerte y complacerme en todo, y en este afán por complacerme no había la menor bajeza ni el más mínimo deseo de lucro, sino un vivo sentimiento amistoso, que ya no me ocultaba. Entre otras cosas, se daba mucha maña para la mecánica; sabía a conciencia coser la ropa blanca, remendar el calzado; aprendió también luego, hasta donde era posible, carpintería. Sus hermanos lo celebraban y estaban muy orgullosos de él.

—Mira, Alei —le dije yo una vez—; ¿por qué no aprendes a leer y escribir ruso? ¿No sabes de cuánto te puede esto servir aquí en Siberia y después?

—Yo bien querría aprender. Pero ¿quién va a enseñarme?


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