El Gran Inquisidor
El Gran Inquisidor —Es que así tiene que ser en todo caso —volvió a reír Iván—. El anciano mismo le hace notar que no tiene derecho a añadir nada a lo que ya una vez dijo. Si quieres éste es el rasgo fundamental del catolicismo, a mi juicio cuando menos: «Todo se lo diste al Papa, así que todo, ahora, está en poder del Papa, y no nos vengas ya con nada, no nos estorbes siquiera por algún tiempo». En este sentido no sólo hablan, sino que también escriben los jesuitas, por lo menos. Así lo he leído yo mismo en sus teólogos: «¿Tendrías Tú derecho a revelarnos uno solo de los misterios de ese mundo de donde vienes?», le pregunta mi anciano, y él mismo responde por Él: «No, no lo tienes, para no añadir nada a lo que ya una vez dijiste y no quitarle a la gente la libertad que tanto defendías cuando estabas en la Tierra. Todo cuanto de nuevo anunciases iría contra la libertad de creencia de la gente, porque aparecería como un milagro, y la libertad de creer en Ti era más preciada que todo entonces, hace mil años y medio. ¿No decías Tú entonces a menudo: “Quiero haceros libres…”? Pues he aquí que Tú ahora asombrarías a esa libre gente, añade de pronto el anciano con pensativa sonrisa». «Sí, esto es para nosotros preciado», prosiguió, mirándolo con severidad. «Pero nosotros hemos puesto, finalmente, remate a este asunto en tu nombre. Quince siglos nos hemos estado atormentando por esa libertad; pero ahora ya todo está terminado y bien terminado. ¿No crees Tú que está bien terminado?… Me miras con mansedumbre, y ni siquiera me honras con tu enojo. Pues has de saber que ahora, ahora precisamente, esa gente está más convencida que nunca de que es enteramente libre y, sin embargo, ellos mismos nos han traído su libertad y sumisamente la han puesto a nuestros pies. Eso hemos hecho nosotros. Pero ¿Tú era ésa la libertad que anhelabas?».