El Gran Inquisidor

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Fuera de los cherqueses, en nuestras cuadras, había una partida de polacos, que componían una sección enteramente familiar, que apenas si se comunicaba con los demás reclusos. Ya dije que por su exclusivismo, por su malquerencia a los presos rusos, se hacían a su vez antipáticos a todos. Eran caracteres atormentados, enfermizos; se reducían a seis hombres. Algunos de ellos eran individuos instruidos, de los que hablaré particular y detalladamente más adelante. Algunos, en el transcurso de mis años de vida carcelaria, me prestaron algunos libros. El primero de los libros que leí hubo de hacerme una fuerte, extraña, especial impresión. De ella hablaré en alguna ocasión más particularmente. Para mí eran ellos demasiado curiosos, y seguro estoy de que muchas cosas las encontrarían completamente incomprensibles. Cuando no se tiene experiencia, no se puede juzgar de algunas cosas. Diré únicamente esto: que las privaciones morales son más difíciles de sobrellevar que todos los tormentos físicos. La gente del pueblo que cae en el presidio se encuentra allí en su mundo, y acaso en un ambiente más adelantado. Pierde, sin duda alguna, muchas cosas: terruño, familia, todo; pero su medio continúa siendo el mismo. El hombre ilustrado, condenado por la ley a sufrir el mismo castigo que la gente ignara, pierde incomparablemente más que ésta. Se ve obligado a renunciar a todas sus exigencias, a todas sus costumbres; a moverse en un medio para él insuficiente, a aprender a respirar otros aires… Viene a ser un pez al que sacan del agua sobre la arena… Y con frecuencia el castigo impuesto para todos, igual por la ley, le resulta a él diez veces más duro. Esto es lo cierto…, aunque sólo se trate de las costumbres materiales que es preciso sacrificar.


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