El Gran Inquisidor
El Gran Inquisidor —Preciadísimo testimonio, no obstante tu en absoluto, no. Precisamente te he preguntado eso, pregunto: ¿por qué tus jesuitas e inquisidores se han unido a los solos fines de los asquerosos bienes terrenales? ¿Por qué entre ellos no podría encontrarse uno solo que sufriese, que soportase grandes vejámenes y amase a la Humanidad? Mira: supón que hubiese uno solo de todos esos amantes exclusivos de los viles bienes materiales…, uno solo que, como mi anciano inquisidor, se hubiese alimentado de raíces en el desierto, y encarnizándose consigo mismo, venciendo su carne para hacerse libre y perfecto, pero que, sin embargo, hubiese amado toda su vida a la Humanidad y que de pronto cayese en la cuenta y comprendiese que ninguna gran beatitud moral puede cifrarse en alcanzar perfección de voluntad, teniendo que ver al mismo tiempo cómo los demás millones de criaturas de Dios quedan destinadas a la burla, que nunca serán capaces de avenirse a su libertad, que de esos lamentables rebeldes no saldrá nunca un gigante que ponga remate a la torre, que no fue para esos gansos para los que el gran idealista soñó su armonía. Habiendo comprendido todo esto, renegó y se incorporó a los listos. ¿Es que esto no podría suceder?