El Gran Inquisidor
El Gran Inquisidor Iván dio de pronto media vuelta y siguió su camino, sin volver ya la cabeza. Era aquello semejante al modo como la víspera se había separado de Alíoscha su hermano Dmitrii, aunque lo del día antes había sido muy distinto. Esta rara observación le cruzó como una flecha por la apesadumbrada alma a Alíoscha, pesaroso y ofendido en tal momento. Se quedó parado un rato, siguiendo a su hermano con la vista. Sin saber por qué reparó de pronto en que su hermano Iván andaba como tambaleándose, y que su hombro derecho, visto de espaldas, parecía más bajo que el izquierdo. Nunca antes se había fijado en semejante pormenor. Pero de pronto también él dio media vuelta y echó casi a correr en dirección al monasterio. Ya hacía rato que oscureciera, y casi sintió miedo; algo nuevo se incubaba en él, aunque no pudiera precisarlo. Se levantó también, como la víspera, viento, y los seculares pinos promovieron un lúgubre rumor en torno suyo al penetrar en el bosquecillo del cenobio. Iba casi corriendo. Pater Seraphicus… Ese nombre lo habrá tomado de algún sitio… ¿De dónde? —le cruzó por la mente a Alíoscha—. «Iván, pobre Iván, ¿y cuándo ahora volveré a verte?… ¡Pero aquí está el cenobio, Señor! ¡Sí, sí, es él; es el Pater Seraphicus, él me salvará… de él y para siempre!».