El Gran Inquisidor
El Gran Inquisidor —Oye una cosa, AlÃoscha —dijo Iván con voz firme—: si, efectivamente, te has quedado con eso de las hojitas jugosas, las amaré sólo en recuerdo tuyo. Me bastará con que estés en algún sitio para no perderle el gusto a la vida. ¿Te basta a ti con esto? Si quieres, tómalo por una declaración de amor. Pero ahora, tú por la derecha; yo, por la izquierda…, y basta, ¿oyes?, basta. Es decir, que si no me fuera mañana (por lo visto me voy de veras) y nos volviésemos a encontrar en algún sitio, no hablaremos para nada de estos temas, encarecidamente te lo ruego. Y cuanto a Dmitrii, de un modo especial te suplico que no me vuelvas a hablar de él —añadió, de pronto, nervioso—. Todo está hablado, todo está dicho, ¿no? Y, por mi parte, te haré, en cambio, una promesa: cuando a los treinta me entren ganas de arrojar la copa al suelo, dondequiera que estés iré a buscarte para que hablemos por última vez…, aunque tenga que venir de América, ya lo sabes. Ex profeso vendré. Será también muy interesante verte entonces; ¿cómo estarás para esa fecha? Ten presente que se trata de una promesa en serio. Y, en realidad, puede que no nos volvamos a ver en ocho, en diez años. Bueno; anda ahora con tu Pater Seraphicus que se está muriendo; se morirá en tu ausencia y te enfadarás todavÃa conmigo por haberte entretenido. Hasta la vista; dame otro besito; asÃ, y vete…