El Gran Inquisidor
El Gran Inquisidor —Eso quiere decir que todo es lÃcito. Todo es lÃcito, verdad; ¿no es eso?
Iván se amoscó y, de pronto, se puso intensamente pálido.
—Pero tú has retenido la frase de ayer que tanto ofendió a Miúsov… y que tan ingenuamente cogió y repitió Dmitrii —dijo con crispada sonrisa—. Pues bien: todo es lÃcito, ya que se ha pronunciado esa frase. No me retracto. ¡La versión de Dmitrii no era tan mala!
AlÃoscha lo miró en silencio.
—Yo, hermano, al irme pensaba que tenÃa en el mundo por lo menos a ti —dijo, de pronto, Iván con inesperado sentimiento—; pero ahora veo que tampoco en tu corazón hay un sitio para mÃ, mi querido eremita. De la fórmula todo es lÃcito, no me retracto; pero qué, ¿por eso vas tú a retractarte de mÃ?
AlÃoscha se levantó, se llegó a él, y en silencio, dulcemente, lo besó en los labios.
—¡Plagio! —exclamó Iván, pasando sin transición a cierto entusiasmo—. ¡Eso me lo has cogido de mi poema! Pero gracias, no obstante. Levántate, AlÃoscha; vámonos, que es tarde para los dos.
Salieron, pero se detuvieron en la escalinata de la taberna.