El Gran Inquisidor

El Gran Inquisidor

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—Pero si todo eso es un desatino, Alíoscha; si todo esto es el absurdo poema de un absurdo estudiante que nunca ha escrito dos versos. ¿Por qué tú lo tomas tan en serio? No pensarías tú que yo me voy a ir ahora allá con los jesuitas, para sumarme a ellos, que han corregido las proezas de Él. ¡Oh Señor! ¿Qué me importa a mí eso? ¡Si ya te lo he dicho: yo sólo he de llegar a los treinta años; después…, la copa al suelo!

—¡Y las hojitas jugosas, y los caros sepulcros, y el cielo azul, y la mujer amada! —exclamó Alíoscha con dolor—. Con semejante infierno en el pecho, ¿es posible tener esto en la cabeza? ¡No, tú irás a incorporarte a ellos…, y si no te matarás, pero no podrás soportarlo!

—¡Hay una energía tal, que todo lo resiste! —dijo Iván con frío sarcasmo.

—¿Qué energía?

—La karamásoviana…, la energía de la vileza karamásoviana.

—¡Te ahogarás en el libertinaje, anegarás tu alma en la disipación, sí, sí!…

—Por mí, bueno…, sólo que quizá pueda evitarlo hasta los treinta años, luego…

—¿Cómo que lo evitarás? ¿Por qué medios? Eso no es posible con tus ideas.

—También karamásovianas.


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