El Gran Inquisidor

El Gran Inquisidor

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—¡Puede que tú también seas masón! —dejó escapar, de pronto, Alíoscha—. Tú no crees en Dios —añadió, pero ya profundamente ofendido. Le parecía que su hermano se estaba burlando de él—. ¿Cómo termina tu poema? —inquirió, de pronto, mirando al suelo—. ¿O es que ya se acabó?

—Quería terminarlo de este modo: al callarse el inquisidor, se queda un rato aguardando que su Preso le conteste. Se le hace duro su silencio. Vio cómo el Cautivo lo escuchaba todo el tiempo, mirándole francamente a los ojos con los suyos mansos, con visible intención de no objetarle. El anciano querría que le dijese algo, por amargo y terrible que fuese. Pero Él, de pronto, en silencio, se llega al anciano, y dulcemente va y lo besa en sus exangües nonagenarios labios. He ahí toda su respuesta. El anciano se estremece. Algo se remueve en las comisuras de sus labios; se dirige a la puerta, la abre y le dice: «¡Vete y no vengas más!… ¡No vuelvas por acá!… ¡Nunca, nunca!». Y lo suelta en la oscura, cálida ciudad. El Preso sale.

—¿Y el anciano?

—Aquel beso le quema el corazón, pero sigue aferrado a su anterior idea.

—Y tú con él, ¿tú también? —exclamó Alíoscha con dolor.

Iván se echó a reír.


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