El Gran Inquisidor

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—¡Aunque así fuese! Por fin acertaste. Y, efectivamente, es así; efectivamente, a eso se reduce todo su secreto, pero ¿acaso ése no es un dolor, aun para un hombre como él, que toda su vida se estuvo matando con su ascetismo en el yermo y no se curó de su amor a la Humanidad? Al ocaso de sus días se convenció claramente de que sólo los consejos del terrible espíritu podrían introducir un orden pasadero en los apocados rebeldes, seres incompletos, de ensayo, creados para irrisión. Y he aquí que, al convencerse de ello, ve que es necesario seguir las instrucciones del espíritu de la muerte y la destrucción, y a ese fin valerse de la mentira y el engaño y llevar a los hombres, ya de un modo consciente, a la muerte y a la destrucción, y, además, llevarlos engañados por todo el camino, para que no se enteren de adónde los llevan, con objeto de que, siquiera durante el trayecto, esos seres lamentables se consideren dichosos. ¡Y, fíjate bien, engañarlos en nombre de Aquel en cuyo ideal tan apasionadamente creyó el anciano toda su vida! Y si siquiera uno así se encontrase al frente de todo ese ejército, ansioso de poder con miras a los solos sucios bienes terrenales únicamente… ¿Es que no bastaría con sólo uno así para que sobreviniese la tragedia? Además, ¿no bastaría con sólo uno así, al frente, para que resultara por fin la verdadera idea directriz de todo el negocio romano, con todos sus ejércitos y jesuitas, la idea superior de tal negocio? Te digo, con franqueza, que creo firmemente que ese único hombre no ha faltado nunca entre los que están a la cabeza del movimiento. Quién sabe, puede que se hayan dado esos hombres únicos entre los pontífices romanos mismos. Quién sabe, es posible que ese maldito anciano, tan amante a su modo de la Humanidad, exista también ahora con aspecto de un total íntegro de muchos de esos ancianos únicos, y no de un modo casual, sino que exista como convenio, como federación secreta, hace ya tiempo constituida para la custodia de los secretos, para guardarlos de los hombres infelices y apocados, con objeto de hacerlos dichosos. Irremisiblemente será así, no tiene más remedio que serlo. A mí me parece que hasta los masones reconocen por base algún secreto de esa índole, y eso porque los católicos odian tanto a los masones, que ven en ellos unos rivales, que rompen la unidad de la idea, cuando tanta falta harían un solo rebaño y un solo pastor… Por lo demás, al defender mi idea, me estoy pareciendo a un autor que no pudiese resistir tu crítica. Dejemos esto.


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