El Gran Inquisidor
El Gran Inquisidor El referido recluso perdió el color en cuanto lo llamaron. Por lo general, se ofrecía en silencio y con decisión a los vergajazos; en silencio aguantaba el castigo, y luego se erguía como sacudiéndoselo, y tomando serena y filosóficamente el percance sufrido. Con él, dicho sea de pasada, usaban siempre mucha severidad. Pero aquella vez se consideraba con algún derecho. Se puso pálido, y, apartándose despacito del convoy, pudo coger y guardarse en la manga una afilada chaveta inglesa de zapatero. Cuchillas, así como todo instrumento cortante, estaban severamente prohibidas en el penal. Los registros eran frecuentes, inopinados y escrupulosos, y los castigos, terribles; pero es tan difícil descubrir a un ladrón cuando se propone esconder una cosa, que los cuchillos e instrumentos cortantes no faltaban nunca en el penal, a despecho de los registros, que no daban con ellos. Y si se los quitaban a los reclusos, no tardaban éstos en hacerse con otros. Todos los presos se salieron al patio, y con la mayor tranquilidad se pusieron a atisbar por entre las rejas de madera. Todos sabían que aquella vez Petrov no se prestaba de buen grado a la zurra, y que al mayor le había llegado su fin. Pero en el instante decisivo, el mayor montó en su coche y se fue, delegando en otro oficial el cuidado de hacer ejecutar el castigo.
—¡Dios mismo lo ha salvado! —exclamaron luego los reclusos.