El Gran Inquisidor
El Gran Inquisidor —Ande, desgraciado; tome, por amor de Dios, este ochavico —gritó plantándose delante y poniéndome la monedita en la mano.
Yo cogà la moneda, y la niña se volvió al lado de su madre, muy ufana. Aquella monedita la llevé mucho tiempo conmigo.
El primer mes y, en general, los primeros tiempos de mi vida de presidiario, los conservo muy vivos en mi imaginación. Los siguientes años se han desvanecido mucho en mi memoria. Algunos casi se han borrado por completo y se han confundido entre sÃ, dejándome tan sólo una impresión total, pesada, monótona, sofocante.
Pero todo aquello que vivà durante los primeros dÃas de mi vida carcelaria perdura aún en mi imaginación cual si hubiera ocurrido ayer. Asà debÃa ser, y asà es.
