El Gran Inquisidor
El Gran Inquisidor Me senté junto a ellos. A mi diestra conversaban dos juiciosos reclusos, esforzándose por conservar su aire grave.
—A mà nunca me roban nada —decÃa uno—; yo mismo, hermanito, tengo que andar con cuidado para no robarles a los demás.
—Bueno; tampoco intentes tocarme a mà con la mano desnuda: ¡te quemaré!
—¿Por qué habÃas de quemarme? Eres verdaderamente un forzado; no nos queda más que el nombre… Pero ella te lo quita todo y ni siquiera te da las gracias. Mira, hermanito: también mis copeicas volaron. Hace poco estuvo ella… ¿Qué hacerle? A lo primero pensé en requerir la ayuda de Fedka, el verdugo; éste tenÃa aún en el arrabal una casa que le compró a Solomonka, el judÃo piojoso, el mismo que luego se ahorcó.
—Lo sé. Tres años nos compró a nosotros aguardiente. Le llamaban Grischka. La taberna a oscuras, por mal nombre. Le conozco.
—Pues no lo conoces; ése es otro Taberna a oscuras.
—¡Cómo otro! ¡Tú te emperras siempre en ser el único que lo sabe todo! Pero yo puedo presentarte tantos testigos…
—¡Preséntamelos! ¿Quién eres tú y quién soy yo?