El Gran Inquisidor
El Gran Inquisidor —¡Porque fíjese usted!… ¡Él me había querido incendiar el fuerte!… ¿Y qué iba yo a hacer: darle las gracias encima? —me decía respondiendo a mis observaciones.
Pero, a pesar de burlarse los presos de Akim Akímich por sus pocas luces, lo respetaban, sin embargo, por su escrupulosidad y su destreza.
No había oficio que Akim Akímich ignorase. Era carpintero, zapatero, pintor de brocha gorda, platero, cerrajero, y todo eso lo había aprendido en el presidio. Era un autodidacta; veía una cosa, y en seguida la hacía. Construía también cajitas, cestitas, farolillos y juguetes infantiles, que vendía en la ciudad. De esta suerte, siempre tenía dinero, que en seguida empleaba en ropa interior fina; en cosméticos y en colchones plegables. Se alojaba en la misma cuadra que yo, y me prestó no pocos servicios en los primeros días de mi vida de forzado.
Al salir del presidio con destino al trabajo, formaban los presos ante el cuerpo de guardia, en dos filas; por delante y por detrás de los reclusos se alineaban los soldados del convoy, con los fusiles cargados. Estaban presentes un oficial de Ingenieros, el conductor y algunos ingenieros de condición subalterna, destinados a presenciar los trabajos. El conductor distribuía los presos y los iba enviando a los tajos donde hacían falta.