El Gran Inquisidor
El Gran Inquisidor Por fin, me pusieron los hierros. Entre tanto, se habÃan ido presentando en el taller varias vendedoras de bollitos. Algunas eran enteramente unas chiquillas. Hasta que se hacÃan mujeres venÃan con sus bollitos; las madres los cocÃan, y los vendÃan ellas. Ya mujeres, seguÃan entrando, pero sin bollitos; tal era la costumbre. Las habÃa también que no eran tan chiquillas. Los bollitos costaban un grosch cada uno, y casi todos los presos los compraban.
Observé a un recluso, carpintero, ya con el pelo canoso, pero mujeriego, que, sonriendo, no les quitaba ojo a las vendedoras. Poco antes de llegar ellas se puso al cuello un pañolito rojo. Una chica gordiflona y toda llena de pecas de viruela se le sentó en su banco, y entre ellos se entabló el siguiente palique:
—¿Por qué no fuisteis ayer? —le preguntó el preso con fatua sonrisa.
—¡Cómo! ¡Yo fui, sino quién los llamó a ustedes Mitka[5]! —respondió la chica con desparpajo.
—Eso es: nos requirieron; si no, hubiéramos estado allà sin falta… Pero anteayer acudisteis allà todas.
—Diga quiénes.
—Pues estuvo Máriaschka, estuvo Jávroschka, estuvo Chekunda, estuvo Dvugrosahévaya[6]….
—¿Qué quiere decir eso? —le pregunté yo a Akim AkÃmich—. ¿Es posible?