El Gran Inquisidor

El Gran Inquisidor

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—Sí, lo es —me respondió, bajando los ojos, pues era hombre muy austero.

Aquello, sin duda alguna, era posible, pero sólo alguna que otra vez y con grandes dificultades. Por lo general, había más aficionados a la bebida que a eso otro, no obstante lo pesado de la vida forzada. Hasta la mujer, era muy difícil llegar. Era preciso elegir hora, sitio, ponerse de acuerdo con ellas, concertar una cita, buscar la soledad, lo que era particularmente difícil; hurtar el cuerpo al convoy, lo que era más difícil aún y, desde luego, gastar sus buenos dineros, relativamente hablando. Pero, a pesar de todo, yo tuve ocasión después de ser testigo algunas veces de escenas de amor. Recuerdo que una vez, en verano, estábamos destacados en cierto cobertizo a orillas del Irtich, donde nos ocupábamos en encender un horno; los centinelas eran buenos. Finalmente, se presentaron dos souffleuses, como las llaman los reclusos.

—¡Hola! ¿Por dónde habéis andado? ¿Quizá con los Svérkoves?… —les preguntó uno de los presos, al cual se habían acercado, y que hacía largo rato ya las aguardaba.

—¿Quién? ¿Yo? Más tiempo se detiene la urraca en el árbol que yo con ellos —respondió con desparpajo la hembrezuela.


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