El Gran Inquisidor
El Gran Inquisidor Entre nosotros, en el presidio, en la sección militar, había un recluso, un soldado, no privado de sus derechos civiles, al que lo habían condenado a dos años de prisión, y que era un fanfarrón consumado y un cobarde de primera. Por lo general, la fanfarronería y la cobardía no suelen darse sino muy raramente en el soldado ruso. Nuestro soldado parece siempre tan ocupado, que, aunque quisiera fanfarronear, no podría. Pero si, por causalidad, fanfarronea, entonces casi siempre resulta también infinitamente cobarde. Dútov (tal era el apellido del preso) había extinguido, por fin, su breve condena y volvió de nuevo a su batallón de línea. Pero como todos los de su calaña, enviados al presidio para su corrección, se malean en él definitivamente, por lo general sucede que, al verse en libertad, al cabo de dos o tres semanas, vuelven a encontrarse sujetos a causa y aparecen otra vez por el presidio, sólo que ya no por dos o tres años, sino formando parte de la categoría perpetua, por quince o veinte. Así ocurrió también ahora. Al cabo de tres semanas de su salida del presidio, Dútov cometió un robo con fractura, y, además, armó un escándalo y se desató en improperios. Le formaron causa y lo condenaron a presidio. Temeroso hasta lo imposible, hasta el último extremo, del castigo que se le avecinaba, como el más vergonzoso cobardón, aguardó al mismo día en que habían de conducirlo allá y se lanzó, cuchillo en mano, contra un oficial del retén que penetró en su departamento. Naturalmente que de sobra sabía que con aquel acto agravaba bastante su pena y aumentaba sus años de trabajos forzados. Pero él se echaba la cuenta de que así aplazaba, aunque sólo fuese por unos días, por unas horas, el temible instante del castigo. Hasta tal punto era cobarde, que al arremeter cuchillo en mano contra el oficial, ni siquiera llegó a herirle, sino que todo aquello lo hizo por pura fórmula, por cometer un nuevo delito por el cual tuvieran que volver a juzgarlo.