El Gran Inquisidor
El Gran Inquisidor El momento que precede al castigo es, sin duda alguna, terrible para el condenado, y yo, en algunos años, tuve ocasión de ver a más de uno la víspera del día para ellos fatal. Solía encontrarme con presos pendientes de castigo en el hospital del presidio, las veces que allí tenía que ingresar como enfermo, lo que ocurría con bastante frecuencia. Sabido es de todos los presos rusos que las personas que más compasivas se muestran con ellos son… los médicos. Los cuales jamás establecen distinciones entre los reclusos, como, por lo general, lo hace casi todo el mundo, salvo quizá la sencilla gente del pueblo. Ésta no recrimina nunca al preso por su delito, por grave que haya sido, y se lo perdona todo, en atención al castigo que le ha acarreado y en mérito también de su desgracia. No en balde todo el pueblo, en toda Rusia, llama al delito desgracia, y al delincuente, desgraciado. Definición henchida de profundo sentido. Y resulta tanto más notable cuanto que es algo inconsciente, instintivo. El médico también… es un verdadero refugio para el preso en muchas ocasiones, pero sobre todo para los presos pendientes de castigo, que soportan duros sufrimientos. Así, pues, el preso de esta índole, al calcular el plazo probable en que ha de llegar el día para él tan temido, suele acogerse a la enfermería, con ansia de alejar, aunque sea por poco tiempo, aquel penoso instante. Cuando sale de allí, sabiendo casi con toda exactitud que al otro día se cumple el plazo fatal, casi siempre enferma gravemente. Algunos se esfuerzan por ocultar sus sentimientos, por pura vanagloria; pero su valor fingido, forzado, no engaña a sus compañeros. Todos piensan en lo mismo, y se callan por humanidad. Conocí a un preso, un chico joven, homicida, soldado, condenado a una carrera completa de baquetas. Hasta tal punto sentía pánico, que la víspera del castigo se decidió a tomarse un vaso de aguardiente, en el que había echado polvo de tabaco. En efecto, el aguardiente no les falta nunca a los presos antes del castigo. Lo tienen en su poder mucho tiempo antes de la fecha temida; lo compran muy caro, pero antes se privarían de lo más indispensable que exponerse a carecer del dinero necesario para procurarse un cuartillo de aguardiente y bebérselo un cuarto de hora antes de la ejecución de su pena. Entre los presos existe la creencia general de que el borracho no siente tanto los azotes o los palos. Pero me estoy apartando de mi tema. El pobre muchacho, tan pronto como ingirió el aguardiente, se puso de veras enfermo: empezó a echar sangre por la boca, y se lo llevaron a la enfermería casi privado de conocimiento. Aquella hemoptisis hasta tal punto le destrozó el pecho, que a los pocos días le descubrieron síntomas de verdadera tuberculosis, de la que murió al medio año. Los médicos que le trataban la tisis ignoraban a qué se debía.