El Gran Inquisidor

El Gran Inquisidor

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Pero hablando de los delincuentes apocados a vista del castigo que suelen encontrarse, debo añadir que algunos, por el contrario, desconciertan al espectador por su impasibilidad extraordinaria. Recuerdo algunos ejemplos de intrepidez rayana en la insensibilidad, ejemplos que no eran nada raros. Especialmente recuerdo mi conocimiento con un extraño delincuente. Un día de verano se difundió en la enfermería del presidio el rumor de que aquella tarde iban a imponerle el castigo al célebre bandido Orlov, desertor del Ejército, y que después lo conducirían allí. Los presos enfermos, entre tanto venía Orlov, afirmaban que lo habían de castigar cruelmente. Todos estaban poseídos de cierta emoción y, lo confieso, yo también aguardaba la aparición del famoso bandido con viva curiosidad. Tiempo hacía que oyera hablar de él maravillas. Era perverso como pocos, degollaba sin compasión alguna a viejos y niños, hombre de fuerza poco común, de voluntad, y francamente ufano de sus bríos. Pesaban sobre él varios crímenes y lo habían condenado a sufrir carrera de baquetas. Lo llevaron ya atardecido. En la enfermería reinaba ya oscuridad y encendieron luces. Orlov venía casi sin conocimiento, intensamente pálido, con los cabellos apelmazados, tiesos, negros como la pez. La espalda la tenía inflamada y de un color sanguinolento, amoratado. Toda la noche estuvieron velando los presos, le llevaban agua, lo cambiaban de costado, le daban medicinas, lo cuidaban exactamente como a un hijo, como a algún santo varón. Al día siguiente ya se levantó y dio dos paseos por la enfermería. Aquello me dejó atónito; había llegado a la enfermería sumamente débil y postrado. Había recibido de una vez la mitad de los baquetazos a que lo condenaran. El médico no mandó suspender la ejecución hasta que vio que si la prolongaban era inminente la muerte del sentenciado. Por lo demás, Orlov era bajito de estatura y de constitución débil, y había quedado sin fuerzas por su largo sufrimiento durante el castigo. Cuando por acaso se encontraba uno alguna vez con reclusos sentenciados, se acordaba luego mucho tiempo de sus rostros espantados, consumidos y pálidos, y de sus miradas de delirio. No obstante lo cual, Orlov no tardó en reponerse. Sin duda alguna, su energía interior, anímica, ayudó fuertemente a la naturaleza. Con efecto, era un hombre del todo extraordinario. Por curiosidad lo traté de cerca, y toda una semana lo estuve estudiando. De un modo rotundo puedo decir que jamás en la vida encontré un carácter de hombre más fuerte, más férreo que el suyo. Yo había tenido ya ocasión de conocer en Tóbolsk a una celebridad de la misma índole, a un ex capitán de bandidos. Aquél era enteramente una fiera, y al verse delante de él, aunque ignoraseis su nombre, habríais presentido, por instinto, que os hallabais en presencia de un ser terrible. Pero en él me aterró su carencia de alma. Hasta tal punto predominaba la sensualidad sobre todas sus potencias espirituales, que con sólo verle la cara comprendíais al punto que allí sólo quedaba una salvaje ansia de placeres, satisfacciones y regodeos carnales. Estoy convencido de que Koreniev —tal era el nombre del bandido— perdería también los ánimos y temblaría de espanto ante el castigo, no obstante ser capaz de degollar al prójimo sin pestañear. Todo lo contrario sucedía con Orlov. Éste era un verdadero vencedor de la sensualidad. Saltaba a la vista que aquel hombre tenía un poder ilimitado sobre sí mismo, despreciaba todos los padecimientos y castigos y no le temía a nada en este mundo. Advertíais en él una infinita energía, ansia de venganza, ansia por alcanzar la finalidad propuesta. Entre otras cosas, me asombraba su singular arrogancia. Todo lo miraba como desde una altura inverosímil, pero sin esforzarse para montar en zancos, sino de un modo natural. Pienso que no ha habido criatura en este mundo capaz de imponérsele por su sola autoridad. Todo lo miraba con extraña flema, cual si no hubiera nada en el mundo que pudiera asombrarle. Y aunque sabía que los demás reclusos le tenían respeto, jamás se propasó con ellos. Y diz que la vanidad y el engreimiento son patrimonio de casi todos los reclusos, sin excepción. Era sumamente franco y extraordinariamente sincero, aunque nada hablador. A mis preguntas me contestó en seguida que aguardaba a restablecerse para acabar de cumplir cuanto antes su castigo, y que antes de él había temido no poder soportarlo.


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