El idiota

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Michkin fue advertido con tres días de antelación de la llegada de aquella señora, pero sólo la víspera de la reunión se le notificó que ésta iba a celebrarse. Él observó el aspecto inquieto de los miembros de la familia y comprendió que distaban mucho de sentirse seguros acerca del efecto que su amigo había de causar. Pero las Epanchinas le juzgaban demasiado cándido para poder adivinar las dudas que ellas albergaban, y esto les hacía contemplarle con más precaución. Él no daba importancia alguna a la velada; sus preocupaciones eran muy diferentes. Aglaya se tornaba cada vez más caprichosa y sombría, y ello mortificaba mucho al príncipe. Cuando supo que aguardaba también a Radomsky, manifestó viva satisfacción, porque deseaba hablarle hacía mucho tiempo. Sus palabras no agradaron a nadie. Aglaya, irritada, se fue de la sala, y únicamente a las once, cuando el príncipe se despedía, la joven aprovechó la oportunidad para dirigirle algunas palabras a solas.

—Quisiera que no viniese usted mañana en todo el día y que por la noche llegase cuando estuviesen reunidos todos esos… visitantes. Ya sabe usted que habrá gente.




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