El idiota
El idiota Su tono sonaba impaciente y duro. Era la primera alusión que hacía a la velada. Todos habían podido advertir que a Aglaya le resultaba insoportable la idea de que hubiese gente. De buen grado hubiese dado una escena a sus padres con tal motivo, pero callaba por orgullo y pudor. Michkin comprendió en el acto que Aglaya temía por él, sin querer confesarlo, y se sintió asustado repentinamente.
—Sí, lo sé. Me han invitado —dijo.
La joven continuó la conversación sintiéndose visiblemente confusa.
—¿Puedo hablarle en serio una vez siquiera en la vida? —preguntó con brusquedad, encolerizada de pronto sin saber por qué, advirtiéndose a la vez incapaz de dominarse.
—La atiendo con sumo gusto —contestó el príncipe.
Tras una breve pausa, Aglaya continuó con profundo desagrado: