El idiota

El idiota

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—No he querido discutir con mi familia. A veces no hay manera de hacerlos entrar en razón… Me han horrorizado siempre los principios que rigen a veces la conducta de maman. Sobra hablar de papá; a él no hay que preguntarle nada. Maman, ya lo sé, es una mujer muy buena. Ocúrrasele proponerle una vileza, y usted verá lo que dice… Y, sin embargo, se inclina ante ciertos seres despreciables. No aludo a la princesa Bielokonsky. Aunque sea una vieja absurda y de mal carácter, tiene inteligencia y sabe meter a todos en un puño. ¡Eso siempre es una cosa buena! Pero hay ciertas bajezas… Y ridículas, porque nosotros hemos sido siempre gente de la clase media, de una clase tan media como pueda ser. ¿Por qué, pues, obstinarnos en deslumbrar al gran mundo? A mis hermanas les pasa igual. El príncipe Ch. les ha llenado la cabeza de aire… ¿Por qué le alegra tanto, príncipe, la noticia de que va a venir Eugenio Pavlovich?

—Escuche, Aglaya —repuso Michkin—, veo que teme usted por mí. Sí; teme verme meter la pata en la reunión.

—¿Qué temo por usted? —continuó Aglaya, muy ruborizada—. ¿Y qué razón hay para que tema por usted? Aunque usted… aunque usted se cubriese de ridículo, ¿qué podría importarme? ¿Cómo se le ocurren semejantes términos? ¡Meter la pata! Es una expresión de pésimo gusto.

—Suele decirse… y…


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