El idiota
El idiota —Escuche de una vez para siempre —dijo Aglaya con impaciencia—: si empieza usted a despotricar sobre alguna cosa como la pena de muerte, la economÃa rusa o esa idea de que «la belleza salvará al mundo» …en ese caso me divertiré infinitamente y me reiré muchÃsimo, pero después no vuelva a aparecer ante mis ojos. Le hablo seriamente. ¡Esta vez le hablo seriamente!
Y mostraba, en efecto, profunda seriedad al proferir semejante amenaza. En su mirada y su acento habÃa una expresión insólita, que el prÃncipe no habÃa visto nunca en Aglaya y que no se parecÃa en nada a la burla.
—Se ha puesto usted de tal modo, que ahora estoy seguro de «despotricar» y hasta quizá de romper el jarrón… Antes no temÃa nada y ahora lo temo todo. Meteré la pata seguramente.
—Entonces, cállese. Estése sentado y mudo.
—No podré. Tengo la certeza de que el temor me impulsará a hablar y a romper el jarrón. Puede que resbale y me caiga, o que haga otra cosa parecida. Ya me ha sucedido alguna vez. Voy a soñar en ello toda la noche. ¿Por qué me lo ha sugerido?
Aglaya le miró, sombrÃa.
—Escuche: lo mejor será que no venga —indicó Michkin—. Diré que estoy enfermo de boquilla y asunto concluido.