El idiota

El idiota

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—¿Qué dice usted? Parece mentira… Y ¿por qué vuelve a sonrojarse y a tener la mirada sombría? Eso, que le ocurre hace cierto tiempo, no le pasaba antes. Aglaya. Sé a lo que se debe…

—¡Calle, calle!

—No: es mejor hablar. Hace tiempo quise explicarme con usted y le dije lo que era, pero como no me creyó, tengo que volver a empezar. Hay una persona entre nosotros…

Aglaya asió con fuerza el brazo de su interlocutor y le miró, casi aterrada.

—¡Calle, calle, calle! —interrumpió bruscamente.

En aquel momento la llamaron. Satisfecha de poder abandonar al príncipe oportunamente, huyó a toda prisa. Michkin pasó la noche con fiebre. Tal era su estado desde hacía varias noches. Y a la sazón, en un semidelirio, se le ocurrió una idea: ¿iría a sufrir un ataque en presencia de todos? Ya le había sucedido otras veces. El pensamiento le dejó helado. Soñó que estaba en una sociedad asombrosa, insólita, entre gentes extrañas. Lo esencial era que «despotricaba», que sabía que no debía hablar y que hablaba sin cesar ni un instante, esforzándose en persuadir no sabía de qué cosa a sus interlocutores. Entre éstos se hallaban Radomsky e Hipólito, que parecían estar en muy buenos términos mutuos.


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