El idiota
El idiota —SÃ: comeré con gusto y les quedaré muy reconocido.
—Me alegro de ver que es usted cortés y no tan…, tan original como me habÃan dicho. Ea, siéntese asÃ, frente a mà —dijo la generala cuando entraron en el comedor, señalando un asiento al prÃncipe—. Quiero verle bien. Alejandra, Adelaida, ocupaos del prÃncipe. ¿No es cierto que dista mucho de estar tan… enfermo? Tal vez no sea necesario ponerle la servilleta al cuello… Diga, prÃncipe: ¿le ponen una servilleta bajo la barbilla cuando se sienta a comer?
—Creo que se hacÃa asà cuando yo tenÃa siete años; pero ahora, cuando como, despliego la servilleta sobre las rodillas.
—Como debe ser. ¿Y los ataques?
—¿Los ataques? —repitió Michkin con cierta sorpresa—. Actualmente sólo los sufro rara vez. Pero en adelante no sé. Me han dicho que este clima me sentarÃa peor.
Lisaveta Prokofievna continuaba inclinando la cabeza después de cada palabra del visitante.
—Habla bien —hizo notar a sus hijas—. Estoy sorprendida. Asà que todo eran necedades y mentiras, como siempre… Coma, prÃncipe, y relátenos su vida. ¿Dónde nació usted? ¿Dónde le educaron? Quiero saberlo todo: me interesa usted mucho.