El idiota

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Como las interrupciones no tenían otro resultado que extraviar a su interlocutor, haciéndole olvidar lo que acababa de decir, Michkin optó por callarse. Un punto quedaba oscuro: ¿era Vera o su padre el intermediario de tal correspondencia? Puesto que Lebediev aseguraba que escribir a Rogochin o a Nastasia Filipovna era lo mismo, cabía suponer que tales cartas, de existir, no pasaban por sus manos. ¿Por qué casualidad, pues, se hallaba una en su posesión? Michkin no acertaba con ello: lo probable era que Lebediev la hubiese substraído a su hija clandestinamente, llevándola a la generala por motivos que él conocería…

—¡Está usted loco! —exclamó, temblando.

—No, muy estimado príncipe —contestó Lebediev con cierta agitación—. Al principio pensé entregar a usted esa carta, para prestarle un servicio, pero luego juzgué hacer conocer a una noble madre… a quien otra vez previne bajo el velo del anónimo… Y cuando hoy, a las ocho y veinte, le escribí que me recibiese firmando «Su corresponsal anónimo», se me ha introducido en seguida, casi precipitadamente, por la entrada trasera de la casa, a presencia de la noble madre…

—¿Y…?


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