El idiota
El idiota —Ya sabe lo demás. Por asà decirlo, me ha maltratado, y en rigor le ha faltado poco para hacerlo. Me ha lanzado la carta a la cara. He notado que la hubiese retenido con gusto, pero no ha sabido contener su primer movimiento y me la ha tirado despreciativamente: «Puesto que la han confiado a un hombre como tú, entrégala a su destinatario». ParecÃa muy ofendida. ¡Qué carácter tiene! ¡Muy furiosa debÃa de estar para rebajarse hablándome asÃ!
—¿Dónde está la carta?
—Aquà la tengo. Tómela.
Y entregó a Michkin la nota que Aglaya remitÃa a Gabriel Ardalionovich, y que éste, dos horas más tarde habÃa de exhibir triunfalmente a su hermana.
—No puede usted quedarse con esta carta.
—¡Se la doy, se la doy! —exclamó, con calor, Lebediev—. Otra vez soy absolutamente suyo y le pertenezco de pies a cabeza. Tras una infidelidad transitoria, vuelvo a su servicio. «Castiga la cabeza, pero respeta la barba», como dijo Tomás Moro… en Inglaterra y en la Gran Bretaña. Mea culpa, mea culpa…
—Hay que transmitir esta carta en seguida. Yo mismo la haré llegar a su destino.
—Pero ¿no vale más, no vale más, no vale más…? ¿No vale más (¡oh mi querido y muy educado prÃncipe!), no vale más…? ¡Esto!