El idiota
El idiota Y Lebediev hizo una mueca extraña y expresiva. Comenzó a agitarse en su asiento, como si le pinchase una aguja, y a la vez se entregó a ademanes demostrativos, subrayados por guiños maliciosos.
—¿Qué? —preguntó Michkin amenazador.
—Abrir la carta primero —repuso Lebediev, confidencial.
Michkin se irguió de repente, tan enfurecido, que Lebediev, en el primer impulso, emprendió la fuga. Mas, ya en la puerta, se detuvo esperando que la clemencia substituyese a aquel estallido de cólera.
—¡Lebediev! —exclamó Michkin con amargura—. ¿Es posible que sea usted tan abyecto?
El rostro del funcionario se serenó. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¡Soy muy vil, muy vil! —declaró dándose golpes en el pecho.
—Propone usted una cosa abominable.
—Esa es la palabra: abominable.
—¿Por qué obra usted tan… extrañamente? ¡Ha sido usted… un espía! ¿Por qué ha escrito un anónimo para inquietar a una mujer tan digna y bondadosa? ¿Por qué juzga que Aglaya Ivanovna no tiene el derecho de escribir a quien le agrade? Ha ido usted a esa casa como un delator, ¿verdad? ¿Qué esperaba ganar con ello? ¿Qué recónditos motivos impulsaban a esa delación?