El idiota
El idiota —Sólo una agradable curiosidad… y el deseo de prestar un servicio a un alma noble —balbució Lebediev—. Pero ahora soy suyo, prÃncipe, le pertenezco en absoluto. Aunque me mande ahorcarme…
—¿Estaba usted como ahora cuando visitó a Lisaveta Prokofievna? —preguntó Michkin, con disgusto—. No; estaba más despejado y más correcto. Fue la afrenta sufrida la que me hizo ponerme… en este estado.
—Bien; déjeme solo.