El idiota
El idiota Hubo de repetir varias veces la orden antes de verla obedecida. Después de abrir la puerta ya, Lebediev tornó sobre sus pasos andando de puntillas y realizó una nueva mímica expresiva del modo de abrir una carta. Ya no se atrevió a aconsejarlo de palabra. Finalmente salió sonriendo con suave afabilidad. De toda aquella conversación, tan penosa para el príncipe, sólo subsistía un hecho esencial: Aglaya estaba inquieta e irresoluta, atormentada por algún sentimiento. «Celos», se dijo Michkin. Era notorio también que la habían armado algunas gentes malintencionadas. Lo extraño era que fuese tan crédula. Sin duda en aquella cabecita inexperta habían madurado planes tal vez funestos. El príncipe, espantado y lleno de emoción, no sabía que decisión tomar. Y, sin embargo, advertía que era preciso tomar una resolución. Miró otra vez el pliego cerrado. No radicaba allí la causa de sus titubeos y temores. No, él creía… Pero otra cosa le inquietaba en aquella carta: no tenía confianza en Gania. Con todo, resolvió entregarle la misiva en persona, y salió con tal intención, pero por el camino cambió de idea. En el momento en que llegaba a casa de Pitzin, se encontró con Kolia, y le rogó que transmitiera la nota a su hermano, como si le hubiese sido confiada por la propia Aglaya. Kolia cumplió el encargo sin pedir explicaciones, y Gania, en consecuencia, no sospechó que la nota había atravesado tantas manos antes de llegar a la suya. De vuelta a su casa, Michkin llamó a Vera y la consoló del modo que juzgó mejor, ya que la muchacha buscaba, deshecha en lágrimas, la carta que pensaba perdida. La joven, abrumada al saber que su padre se la había substraído, informó a Michkin de que había servido más de una vez como intermediaria entre Rogochin y Aglaya Ivanovna, sin imaginar ni remotamente que pudiera perjudicar así los intereses de Michkin.