El idiota

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Dos horas más tarde llegó un mensajero de Kolia comunicando al príncipe la noticia de la enfermedad del general Ivolguin. Michkin, en su desorden mental, apenas comprendió de momento de qué se trataba. Sin embargo, aquel suceso, al sacarle de sus preocupaciones, estimuló su ánimo. Pasó casi todo el día en casa de Ptitzin, adonde había sido transportado el doliente. La presencia de Michkin no constituyó una gran ayuda, pero sabido es que existen personas a las que les agrada ver cerca en ciertos momentos penosos. Kolia, consternado, lloraba como bajo el efecto de un ataque nervioso, lo que no le impedía estar en constante movimiento. Fue a buscar a tres médicos, y al barbero, y medicinas. El general pudo ser reanimado, pero no recobró el conocimiento y, según los doctores, estaba muy grave. Varia y Nina Alejandrovna no se apartaban de su cabecera. Gania, inquieto y agitado, no quería subir a la alcoba de su padre, como si tuviese miedo de verle. El joven se retorcía las manos. En una incoherente conversación que mantuvo con Michkin llegó a decirle: «¡Qué desgracia! ¡Y en este momento! ¡Parece a propósito!». El príncipe creyó adivinar a lo que Gania se refería. Cuando Michkin llegó a casa de Ptitzin, Kolia había salido ya. Por la tarde se presentó Lebediev, quien, después de la explicación de la mañana, había dormido de un tirón hasta entonces, y estaba casi sereno ya. Lloró amargamente cual si el enfermo hubiera sido su propio padre, se acusó en alta voz de su desgracia, aunque sin concretar los motivos, y repetía sin cesar a Nina Alejandrovna:


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