El idiota

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—Venga a nuestro saloncito —dijo— y nos llevarán el café allí. Tenemos una habitación común —explicó al príncipe mientras salían del comedor—: mi saloncito, en el que todas nos reunimos y nos ocupamos en nuestros quehaceres cuando estamos solas. Alejandra, mi hija mayor, toca el piano, cose o lee; Adelaida pinta paisajes y retratos (y nunca concluye ninguno) y Aglaya no hace nada. Yo tampoco hago casi nada: nunca termino ninguna labor. Ya hemos llegado, príncipe. Ahora siéntese junto al fuego y cuéntenos algo. Deseo ver en qué forma sabe relatar. Quiero convencerme de sus aptitudes y, así, cuando vea a la anciana princesa Bielokonsky le hablaré de usted. Me propongo que todos se interesen en su favor. Vamos, cuente.

—¿No comprendes que es muy original contar una historia así, maman? —observó Adelaida preparando su caballete y tomando sus pinceles y su paleta para trabajar en un cuadro comenzado largo tiempo atrás.

Alejandra y Aglaya se sentaron en un mismo divancito y, cruzándose de brazos, se dispusieron a escuchar la conversación. El príncipe notó que era objeto de la atención general.

—Si se me pidiese de ese modo, yo no contaría nada —dijo Aglaya.


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