El idiota
El idiota Oyendo las palabras de Ivan Petrovich, la ternura y la alegrÃa se leÃan en los ojos de Michkin. Declaró luego, con extraordinaria vehemencia, que no se perdonarÃa jamás el haber recorrido durante seis meses las provincias rusas del centro y no haber visitado a las mujeres que le cuidaron en su niñez. Todos los dÃas hacÃa propósitos de ir a verlas y siempre las circunstancias aplazaban su resolución… Pero ahora se prometÃa ir, por encima de todo.
—¿Asà que conoce usted a Natalia Nikitichna? ¡Qué corazón tan santo, tan bondadoso! Y también Marfa Nikitichna… Perdóneme, pero yo creo que usted se engaña respecto a ella. Cierto que era severa, pero ¿qué otra cosa podÃa ser con un idiota como yo era entonces? ¡Ja, ja, ja! Porque, aunque usted no lo crea, yo era entonces completamente idiota. ¡Je, je, je! Aunque, si usted me vio entonces… ¿cómo no me acordaré de usted? ¿Qué le parece…? ¡Dios mÃo! ¿Es posible que sea usted pariente de Nicolás Andrievich Pavlitchev?
—Le aseguro que sà —repuso Ivan Petrovich, sonriendo y examinando al prÃncipe con atención.
—No, no es que lo dude… ¿Cómo lo voy a dudar? ¡Je, je! ¡Ni por asomo! De ninguna manera. ¡Ja, ja! Lo digo, porque el difunto Pavlitchev era un hombre muy bueno. Un hombre magnánimo, se lo aseguro…