El idiota

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—He oído decir —añadió Michkin, dirigiéndose a Ivan Petrovich— que en ocasión de haber arruinado un incendio a muchos de sus antiguos siervos, les cedió gratuitamente toda la madera precisa para reconstruir sus moradas, a pesar de que tenía usted muchos motivos de queja con ellos después de su emancipación.

—¡Oh, eso son exageraciones! —murmuró Ivan Petrovich con orgullosa modestia.

Y esta vez tenía razón al calificar de exagerado el rumor que llegara a oídos de Michkin, porque tal rumor era perfectamente falso.

Michkin, con el rostro sonriente, se volvió a la Bielokonsky.

—¿Se acuerda, princesa, de que hace seis meses me recibió en Moscú como a un hijo cuando me presenté a usted con la carta de Lisaveta Prokofievna? Y me dio usted, como a un verdadero hijo, un consejo que no olvidaré jamás. ¿Lo recuerda?

—¡Qué extravagancia dice! —respondió, colérica, la anciana—. Eres un hombre bueno, pero ridículo. Se te dan dos grochs y los agradeces como si te hubiesen salvado la vida. Eso te parece laudable y es todo lo contrario.

Aunque estaba realmente enfadada, rompió a reír de repente, y no con sarcasmo, sino con sincera satisfacción. El rostro de la generala recuperó su serenidad. Epanchin estaba radiante.


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