El idiota
El idiota —Cálmese, amigo mÃo, y no exagere las cosas. No nos dé tantas gracias. Su sentimiento es muy noble, pero rebasa la medida.
—No les doy las gracias; los admiro y me siento feliz mirándolos… Me expresaré neciamente quizá, pero necesito hablar, decir lo que siento… Aunque sólo sea por respeto hacia mà mismo.
Hablaba de modo convulsivo, confuso, febril. Seguramente no expresaba lo que querÃa. Su mirada parecÃa implorar licencia para que le dejasen explicarse. Los ojos de la princesa Bielokonsky se encontraron con los suyos.
—Nada, padrecito, no es nada. Continúa, continúa… Pero no te acalores tanto —observó la anciana—. Antes te has exaltado, y ya ves lo que ha sucedido. Pero no tengas miedo, habla. Estos señores han visto cosas más raras que tú. No vas a asombrarlos.
Michkin la escuchó, sonriente, y luego se dirigió al anciano:
—¿Es usted quién hace tres meses libró del destierro al estudiante Podkmov y al funcionario Chvabrin?
El alto funcionario, sonrojándose levemente, le exhortó a calmarse.