El idiota
El idiota —¿Es posible que me perdonen? —balbució al fin—. ¿Y usted también, Lisaveta Prokofievna?
Aumentaron las risas. El prÃncipe, en su alegrÃa, se juzgaba objeto de una ilusión. Las lágrimas acudieron a sus ojos.
—El jarrón era muy hermoso —comentó Ivan Petrovich—. Estaba aquà desde hace quince años. Quince; lo recuerdo muy bien…
—¡Qué desgracia tan grande! Conque el hombre mismo no es eterno, ¿y tú te preocupas de este modo por la pérdida de un jarrón de arcilla? —exclamó en voz alta Lisaveta Prokofievna—. ¿Es posible que estés tan aterrado, León Nicolaievich? Basta, querido, basta; me das miedo —añadió, con inquietud.
—¿Me lo perdona todo? ¿Todo y no sólo el jarrón? —preguntó el prÃncipe.
Quiso levantarse, pero el anciano dignatario le retuvo por el brazo.
—C'est tres curieux et c'est très serieux —cuchicheó al oÃdo de Ivan Petrovich, inclinándose hacia la mesa. Pero fue un cuchicheo pronunciado en voz bastante alta para que incluso lo entendiera también el prÃncipe.
—¿Ninguno de ustedes se ha ofendido? ¡No saben lo que me alegra saberlo! Claro que no podÃa ser de otro modo… ¿A quién podÃa molestar? Sólo el suponerlo serÃa ofenderlos.