El idiota
El idiota Durante prolongado rato pareció no comprender la agitación de quienes le rodeaban o, mejor dicho, lo veía y comprendía todo a la perfección; pero de un modo ausente, indiferente, tal que un ser invisible de un cuento de hadas, como si no le interesasen en nada las escenas de que era testigo. Observó cómo se recogían los restos del jarrón, oyó palabras precipitadas, notó la palidez de Aglaya y las extrañas miradas que ella le dirigía. En los ojos de la joven no se leía un solo atisbo de ira o de animadversión, sino simpatía y susto. Y sus pupilas lanzaban relámpagos cuando miraba a los demás. Un sufrimiento muy dulce se infiltró en el corazón del príncipe. De repente observó con singular asombro que todos habían vuelto a ocupar sus asientos y reían como si no hubiese sucedido nada. Un instante después la hilaridad se acreció. Todos reían al mirarle, encontrando cómicos su mutismo y su desconcierto, pero las risas eran gentiles, joviales. Algunos le dirigían la palabra con amabilidad. Lisaveta Prokofievna, sobre todo, le hablaba bonachonamente, esforzándose en animarle. De pronto Michkin sintió que Ivan Fedorovich le daba en el hombro una palmadita de simpatía. Ivan Petrovich reía también; y el alto dignatario se mostraba más cordial, afectuoso y benévolo que nadie. Incluso cogió la mano del príncipe, la cogió entre las suyas y le asestó suaves golpecitos de aliento, dirigiendo al joven frases semejantes a las que se emplean a un niño asustado. Finalmente le hizo sentarse junto a él. Feliz de verse tratado con tal interés, Michkin contempló con embeleso el rostro del anciano. Pero no había recobrado aún el uso de la palabra y respiraba con dificultad. La expresión del alto dignatario le agradaba infinitamente.