El idiota
El idiota Al ruido de la caída, a la vista de los valiosos restos que cubrían el pavimento, los reunidos mostraron una agitación extraordinaria. Se oían por doquier exclamaciones de estupor y espanto. Renunciamos a pintar las sensaciones del príncipe. Mil impresiones diversas, cada una más turbadora y cruel que las demás, le asaltaban a la vez. Entre ellas sobresalía una con nitidez particular, y no era la sorpresa, la perplejidad ni el temor, sino la verificación de la profecía. ¿Por qué le abrumaba de tal modo aquella idea? No podía precisarlo. Sentíase como golpeado en el corazón, experimentaba un terror supersticioso… Un momento después le pareció que todo se abría de nuevo ante él. Al terror sucedieron la serenidad, la alegría, el éxtasis. El aliento le faltaba… Pero tal momento ya pasó. Gracias a Dios, no era lo que cabía temer. Michkin respiró profundamente y miró en torno.