El idiota
El idiota Al entrar en el salón, Michkin había procurado sentarse lo más lejos posible del jarrón chino de que le hablara Aglaya. Aunque parezca increíble, la víspera, tras oír las palabras de la joven, el príncipe había sentido la convicción de que, al día siguiente, tomase las precauciones que tomara, acabaría rompiendo aquel objeto. Y tan rara convicción yacía aferrada a su espíritu de manera inquebrantable. Durante la velada, su ánimo serenóse y olvidó el presentimiento. Cuando el nombre de Pavlitchev resonó en sus oídos y Epanchin le presentó por segunda vez a Ivan Petrovich, Michkin fue a sentarse más cerca de la mesa y la casualidad quiso que su butaca se hallara precisamente junto al bello y grande jarrón chino, que estaba colocado sobre un pedestal, detrás del codo de Michkin.
Éste, concluido su discurso, se levantó bruscamente, agitó los brazos, sin darse cuenta, ejecutó una especie de encogimiento de hombros y… en el salón resonó un unánime alarido. El jarrón vaciló, amenazó por un instante caer sobre la cabeza de uno de los viejos, luego inclinóse en sentido opuesto y fue a romperse en el suelo con inmenso estrépito. El alemán, que se hallaba al lado, apenas tuvo tiempo de salvarse dando un salto hacia atrás.