El idiota
El idiota Entonces se produjo un acontecimiento que cortó de raíz el discurso del orador. Aquella singular tirada, aquel torrente de palabras estrafalarias e inquietas, de ideas exaltadas y confusas que chocaban unas contra otras en heterogéneo apiñamiento, denotaban algo peligroso, un espíritu raro, capaz de excitarse a propósito de cualquier menudencia. Cuantos conocían al príncipe experimentaban una sorpresa matizada por el temor (y aun, en algunos, por la vergüenza) al oírle expresarse en lenguaje tal, él, siempre tan reservado, incluso tan tímido: él que desplegaba tacto exquisito en ciertos casos y que poseía por instinto el sentido de la conveniencia. El hecho resultaba tanto más inexplicable cuanto que su motivo no podían ser los comentarios sobre Pavlitchev. Las damas le creían presa de enajenación mental y la Bielokonsky confesó más tarde que había estado a punto de huir del salón. Los viejos sentían una estupefacción indecible. El rostro del superior de Epanchin expresaba severidad y descontento, el coronel permanecía inmóvil en una silla, el alemán había palidecido, y con una fingida sonrisa en los labios procuraba leer los sentimientos de los demás en sus fisonomías. Acaso cupiera cortar tal «escándalo» del modo más natural y sencillo. Ivan Fedorovich intentó varias veces hacer callar al orador, y, al fracasar, resolvió apelar a recursos más decisivos. De continuar aquello durante otro minuto, quizás el general hubiese obligado amistosamente al príncipe a retirarse, afirmando que estaba enfermo, lo que, además, podía ser verdad. Al menos, Epanchin, en su fuero interno, tenía la plena certidumbre de que era así… Pero la situación sufrió un brusco cambio.