El idiota

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—¡Eso es, eso es! —exclamó Michkin—. ¡Admirable concepto! ¡Al enojo de nuestras costumbres! No a la sociedad, que en eso se engaña usted, sino a la sed de saciarse, una sed febril. Cuando los nuestros llegan a lo que creen un descubrimiento moral, experimentan tal alegría que alcanzan los límites más extremos de todo. La conducta de Pavlitchev les sorprende; pero no es sólo a ustedes: a Europa sorprende, en casos semejantes, el temperamento extremista de los rusos. Si un ruso se convierte al catolicismo, es católico entusiasta; si al ateísmo, quiere impedir a viva fuerza la creencia en Dios. ¿Por qué este súbito frenesí de los rusos? ¿No lo saben ustedes? Porque en esos casos encuentran la patria moral que no hallaban aquí, avistan la costa, la tierra de promisión, y entonces se postran y besan al suelo. No son meros sentimientos de vanidad los que impelen a los fanáticos rusos, sino también un sufrimiento moral, una sed espiritual, el doloroso anhelo de un objeto elevado, de un suelo firme en el que posar sus pies, el mal del país en que no han cesado de creer porque no lo han conocido jamás. A un ruso le es más fácil convertirse en ateo que a cualquier otro habitante del globo. Y no es que los nuestros se tornen ateos, no: es que creen en el ateísmo como en otra religión nueva, sin advertir siquiera que eso es creer en la nada. ¡Sentimos tal sed espiritual! «Quien no siente su tierra bajo sus pies, deja de sentir a Dios», me decía una vez un antiguo creyente, un mercader al que encontré en un viaje. En realidad, no se expresó de este modo, sino que dijo: «El que renuncia a su tierra natal, renuncia también a su Dios». ¡Cuándo se piensa que entre nosotros hay hombres muy instruidos que ingresan en la secta de los flagelantes! Aunque, ¿acaso esa secta rusa es peor que el nihilismo o el ateísmo? ¡Tal vez sea más profunda que esas otras doctrinas! ¡Hasta ahí llega nuestra necesidad de una creencia! Pero descubrid a los sedientos compañeros de Colón la costa del nuevo mundo, descubrid al hombre ruso el «mundo» ruso, hacedle encontrar ese tesoro oculto en las entrañas del suelo, mostradle en el porvenir la renovación de la humanidad, y acaso su resurrección merced al pensamiento ruso, al Dios y al Cristo rusos, y veréis qué coloso fuerte y justo, dulce y prudente, se yergue ante el mundo asombrado y asustado… Asustado, sí, porque ellos no esperan de nosotros más que la fuerza y la violencia. Así sucede hoy, y sucederá más aún en el porvenir… Y…


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