El idiota
El idiota —Pues bien, he encontrado aquà personas refinadas, ingenuas, inteligentes; he visto a un anciano escuchar y colmar de amabilidades a un chiquillo como yo; he encontrado hombres capaces de comprender y perdonar, verdaderos rusos, personas buenas, casi tan buenas y afectuosas como las que he tratado en el extranjero. ¡SÃ, no valen menos, no! Juzguen, pues, de mi grata sorpresa. ¡PermÃtanme confesarla! HabÃa oÃdo decir a menudo, y yo mismo lo creÃa, que en el mundo distinguido todo se reducÃa a semblantes corteses, que bajo la amabilidad exterior se escondÃa un fondo mezquino y estéril. Pero ahora veo que eso en ustedes no puede ser verdad. Quizá lo sea en otros; en ustedes, no. ¿Es posible que todos ustedes, en este momento, procedan con hipocresÃa? Antes he oÃdo el relato del prÃncipe N. ¿Cabe dudar de su espontaneidad, de su ingenio natural? ¿No es eso sinceridad verdadera? ¿Pueden tales palabras brotar de la boca de un hombre… muerto, seco de ánimo y de corazón? ¿Acaso unos cadáveres me hubiesen tratado como ustedes? ¿No existen en esta clase motivos de esperanzas y elementos para el porvenir? ¿Pueden no comprenderse y distanciarse entre sà personas semejantes?
—Le ruego una vez más, querido, que se calme —dijo el anciano—. Ya hablaremos de todo eso otro dÃa. Tendré el mayor placer en…