El idiota
El idiota —No. Vale más que hable, créame —repuso Michkin en un nuevo arranque febril, dirigiéndose al anciano como si éste fuese su más Ãntimo amigo—. Ayer, Aglaya Ivanovna me prohibió hablar aquÃ, e incluso me indicó los temas sobre los que debÃa permanecer mudo. Sabe bien que resulto muy ridÃculo cuando hablo. He cumplido ya los veintisiete años, pero no ignoro que soy lo mismo que un niño. Hace mucho que he reconocido que carezco de derecho a expresar mis pensamientos. He hablado de ello con toda franqueza, en Moscú, con Rogochin. LeÃmos juntos todas las obras de Puchkin. Él no conocÃa al poeta, ni siquiera le habÃa oÃdo mencionar. Yo, cuando voy a hablar, temo siempre que lo ridÃculo de mi aspecto perjudique a lo que llamo «la idea principal». No poseo un modo adecuado de accionar, y ello excita risa y desacredita el concepto. Y lo más importante de todo es que no poseo ponderación en mis sentimientos. Por eso me conviene callar. Cuando callo parezco bastante razonable, y además puedo meditar entre tanto. Pero ahora vale más que hable. Si he empezado a hacerlo, se debe a la bondadosa mirada que fija usted en mÃ. Tiene cara de ser un hombre excelente. Ayer juré a Aglaya Ivanovna que no abrirÃa la boca en toda la noche.
—¿S� —preguntó el anciano, sonriendo.
—Pero a veces me digo que hago mal pensando de este modo. La sinceridad compensa la torpeza de los ademanes. ¿No le parece?