El idiota
El idiota E hizo un brusco movimiento para incorporarse, pero el alto dignatario, que le miraba con creciente inquietud, volvió a impedÃrselo.
Michkin prosiguió:
—No me engaño sobre la elocuencia de mis palabras. Vale más predicar con el ejemplo, empezar directamente… y yo he empezado… ¿Es que… que verdaderamente puede uno ser infeliz? ¿Qué me importan mi desgracia y mi mal si me encuentro en condiciones de ser feliz? Yo no comprendo que se pueda pasar al lado de un árbol sin sentirse feliz mirándole. ¿Se hacen cargo? ¿Cabe hablar con un hombre y no sentirse dichoso queriéndole? Desgraciadamente no me sé explicar…, pero ¡cuántas cosas bellas hay a cada paso, cuántas cosas cuyo encanto se impone incluso al hombre más ciego! Mirad a los niños, mirad crecer la hierba, mirad los ojos que os contemplan y los rostros que os aman…
Y al pronunciar estas palabras se levantó. El anciano dignatario le contemplaba con espanto. Lisaveta Prokofievna fue la primera en adivinar lo que sucedÃa. Gritó: «¡Dios mÃo!» y se golpeó las manos. Aglaya se precipitó hacia Michkin y le acogió en sus brazos mientras, aterrorizada, con el rostro descompuesto por el dolor, escuchaba el grito horroroso del «espÃritu que desgarraba y sacudÃa» al infortunado. Cuando el enfermo se desplomó en tierra, alguien tuvo tiempo, antes, de colocar un cojÃn bajo su cabeza.